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Pretextos

Historia de fantasmas
Pretextos
Prólogo
El gato
Mi primer amor
Amor eterno
El de la suerte
Oración
Para toda la vida
Un milagro
Tortura
Diez minutos sin ella
Uno de tantos
Pienso en ti
Te extraño
Olvidar a Gloria
Por siempre jamás
Terca necedad
La huida
Sólo imaginaba
Preguntas tontas
Dos o tres heridas
La manifestación
La creación
Mil millas
Catarsis
Pretextos
Segundo lugar
De memoria y olvido
Entre príncipes
A veces pienso en ti
No vale la pena
Historia de fantasmas
Acorde al ritmo
Epitafio
¿Quién soy?
Identidad

Pretextos, de José Galván Rivas

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HISTORIA DE FANTASMAS

 

Soy un cobarde. Siempre he tenido miedo a los fantasmas y demonios que de pronto pudieran aparecerse a mitad del camino, en el momento más inesperado. Todos dicen que soy un imbécil. Los fantasmas no existen sino en la imaginación de quien cree en ellos. Sin embargo, les temo; no les he visto pero los siento, sé que allí están, me siguen, me acosan.

            En momentos como éste, cuando debo caminar varias cuadras para llegar a la casa y en medio de la noche reina la obscuridad porque el alumbrado público no sirve, cuando no pasa nadie o casi nadie debido a lo alto de la hora, y no hay más remedio que andar solo por esas calles, entonces el miedo se vuelve terror y llega al clímax. Por más que lo intento no puedo dejar de recordar todas las historias que alguna vez me contaron. Casi estoy seguro que alguien me sigue, tal vez el “hombre sin cabeza” que antes, cuando la colonia estaba poco poblada, y en vez de ir por calles se recorría el camino a través de veredas, aseguraban que andaba por el rumbo.

            A lo lejos, algunos perros ladran no sé a qué o quién y no puedo menos que sentir escalofrío. Diversas personas, aseguran haber oído hace algunas noches cómo todos los perros comenzaron a aullar lastimera, rabiosamente, y a poco se escuchaba además un grito, largo, glacial, conque se acabó de romper la de por si destrozada  tranquilidad de la noche; algunos dicen que se atrevieron a salir para ver qué había sido, pero no descubrieron nada. Indudablemente era un alma en pena o la tan famosa llorona.

            Avanzo con pasos lentos, volteo hacia todos lados, me estremezco al menor ruido, quiero echar a correr y detengo el intento por miedo a no ver lo que pudiera hallar al frente.

            Escucho un ligero zumbido y quiero pensar que es el viento frío que me golpea en la cara quien lo provoca. Lo repito y hago esfuerzos por creerlo: Es el viento, debe ser el viento. Algo se arrastra, lo he oído; entre las sombras me parece ver otra sombra que se mueve. Miro las siluetas recortadas contra el cielo y por más que parezcan otra cosa, insisto en pensar que son árboles y postes.

            Camino y camino y no llego a la casa. De noche las distancias se alargan y parecen no tener fin. Llevo horas andando en la obscuridad, aunque el reloj sólo marque breves minutos y todos los kilómetros recorridos sean apenas unas cuadras.

            Si al menos no hubiera tantas nubes en el cielo y la luna, por poco que fuera, iluminara el camino, me sentiría más seguro; mi temor sería menos grande. Pero así, en la obscuridad casi absoluta, caminando más que nada por inercia y por instinto, sin saber si pueda surgir de pronto un fantasma o un demonio, el terror es absoluto. Ni siquiera pasa una persona con quien acompañar mi miedo...

            Por fin he llegado. Saco las llaves, selecciono una y la introduzco en la cerradura. Intento girarla pero está atorada, por fin cede y le doy vuelta hacia la izquierda, al tiempo que pienso lo útil que sería aceitar el cerrojo. Un ligero ruido tras de mí me hace reaccionar. Rápido, vuelvo la cabeza y descubro, casi a nivel del suelo, un par de ojos brillantes que me observan.

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Pretextos de José Galván Rivas
(C) 1999, José Galván Rivas
Nicolás Romero, Estado de México