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Pretextos

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Pretextos, de José Galván Rivas

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LA MANIFESTACIÓN

  

Atareado, Manuel apenas me saludó. No quiero importunar, lo dejo en sus labores; salgo al pasillo. Tomo asiento y me dispongo a leer los encabezados del periódico. Veo sin mirar, no sé qué me pasa; una inquietud indefinida, un desasosiego agitado, tal vez la soledad del despacho, tal vez la nostalgia de alguien con quien hablar.

Ya deberían estar aquí los comisionados que se entrevistarán con las autoridades del Instituto Federal Electoral; ya debería estar Miguel para ultimar detalles. Yo nada tengo que hacer, únicamente citaron a la comisión negociadora, todos los demás habremos de reunirnos en la calle Shakespeare, a la una de la tarde, para hacer una manifestación frente al Instituto.

            Hojeo el periódico más por distracción que por informarme. No me interesa qué ha pasado en el mundo. Tiene más importancia la mosca que zumba cerca de mí. Cierro el periódico, lo doblo. Busco a la enfadosa mosca. Pero no es una, son dos moscas que revolotean haciendo el amor con toda insolencia frente a mis ojos. Se posan sobre el escritorio. Levanto el periódico y descargo un golpe que las quita de existir. Muertas en pleno coito.

            Algo pesa sobre mí, vuelvo el rostro y... Es una mirada brillante; ojos expresivos, animosos, que invitan al cielo. Me siento sonrojar. Esas miradas que dicen mucho y no comprometen a nada. Estamos tan cerca, debería unir mis labios a su sonrisa.

            –¿Llegaste hace mucho tiempo? –pregunta mientras ofrece su mejilla para que la salude con un beso.

            –Cinco minutos –respondo atemperando el deseo.

            Pero no se detiene, Olivia sigue hasta el fondo, con Manuel. Ellos trabajan aquí, los dejo cumplir sus labores. Resignado a la soledad, abro el periódico una vez más. No leo, simplemente dejo pasar el tiempo.

            Timbra el teléfono en el privado de Miguel. Olivia va a contestar. La contemplo mientras pasa frente a mí. Tenis, pantalón y playera negros; el pelo muy corto; un aire infantil en su rostro, en su mirada, en su sonrisa. ¿Por qué me sonrojo? Bajo la mirada, me concentro en el periódico e intento descifrar su información.

            –¿Todavía no llegan los demás? –se queja Yolanda, resignada a ser la única más o menos puntual y deseando que vengan pronto para regañarlos–. ¡Esto es el colmo! ¡Con esa irresponsabilidad no vamos a lograr nada!

            –Tampoco está Miguel –le informo–. Nada mas Olivia y Manuel.

            No disimula su desagrado, da media vuelta y va al patio. La miro salir: Camina con pasos largos y firmes que patentizan su disgusto y señalan la turgencia de su cadera. Si fuera menos áspero su carácter, le diría un piropo, la seguiría y... ¡Basta!, concéntrate en el periódico. Pero no hay noticias, por lo menos nada importante.

            Llegan otros comisionados. Joaquín me saluda al paso y va con Olivia y Manuel. Gastón se detiene conmigo. Preferiría una compañía más agradable. Lo entero de la ausencia de Miguel; él dice que ya llegaron los comisionados que participarán en la reunión con las autoridades del IFE. Todos están en el patio.

            Son las doce y cuarto; a la una deberemos estar en Shakespeare. Olivia y Manuel, como representantes del despacho y coordinadores de los ex trabajadores, llaman a los comisionados. Informan que Miguel, nuestro asesor jurídico, nos esperará frente al Instituto. Mencionan la importancia de la reunión y qué actitud deberá asumir la comisión negociadora ante la solución o rechazo de nuestro reclamo económico.

            No atiendo la explicación por observar detenidamente a Gloria, la comisionada más adorable, sentada frente a mí. Mantiene la cabeza inclinada a un lado y la vista fija en el infinito; sus aretes, grandes, de alguna piedra negra con adornos dorados, enmarcan y atraen la atención hacia su rostro sereno; las manos, con los dedos entrelazados, se mantienen pudorosas sobre el regazo; las piernas, firmes, enfundadas en ajustado pantalón, se aprietan entre sí; y mis ojos, embelesados, recorren su figura de arriba abajo. Se descubre observada, me mira amable, parpadea coqueta, sonríe dulce y, vaya fugacidad, se olvida de mí.

            Concluida la explicación, salimos del despacho en dirección a Reforma. Nos damos prisa para llegar a tiempo. Joaquín, Hugo y Manuel, hacen inaccesible a Olivia; Gloria y Yolanda charlan entre sí; quisiera acompañar a cualquiera de las tres, pero Gastón, como una rémora, me sigue y acosa con  preguntas y comentarios.

            El trayecto es rápido. Abordamos un microbús en Reforma, bajamos en Ródano y caminamos hasta Shakespeare. Faltan cinco minutos para la una. Como siempre, somos bien puntuales, lástima que no sea una virtud generalizada: La manifestación multitudinaria cuenta con unos cincuenta participantes, el diez por ciento del total de ex trabajadores que reclamamos al antiguo patrón el pago de salarios y prestaciones que aún nos debe. Busco al grupo que represento. Cincuenta compañeros me nombraron su comisionado, pero jamás he visto a todos juntos. Apenas han llegado seis: Jorge y Verónica, Mario y Carmen, Pedro y Marta; puras parejas, sólo yo estoy solo.

            –Fue definitivo –oigo a Marta comentarle a Pedro–: Lupe no quiere saber nada de Vic.

            –Ya se contentarán –asegura Pedro–, ellos siempre tienen rupturas definitivas y siempre regresan...

            –¿Ahora sí van a pagar? –abrazado de su novia, me pregunta Jorge.

            –Ya es justo –comenta ella–, tenemos varios meses con este reclamo. Van a ser más nuestros gastos que lo que nos paguen.

            –Venimos por una respuesta –intento explicarle a Verónica, sin dejar de verla un instante. Paso saliva. ¿Cómo desatender el escote de su blusa y todo lo que deja ver?

            Conforme pasa el tiempo, poco a poco se incrementa la cantidad de gente reunida frente al edificio del Instituto; cuento hasta cien manifestantes. Los comisionados, preocupados, nos reunimos con los representantes del despacho.

            –¿Y si entramos de una buena vez? –con un brillo sugerente en la mirada, sugiere Joaquín– La cita era a la una y ya es tardísimo.

            Olivia y Manuel sonríen sarcásticos. En el aire flota una indecisión aprobatoria.

            –¡Están locos! –indignada, nos recrimina Yolanda– Esperemos a Miguel. Él, como nuestro asesor jurídico, es quien mejor sabe qué hacer.

            En varios se nota el deseo de dar una respuesta fulminante, pero el providencial arribo de Miguel lo impide. De inmediato, la comisión negociadora entra al edificio del Instituto.

            Es un día clave para nuestro reclamo. En la reunión anterior, las autoridades ofrecieron dar una solución a condición de que temporalmente suspendiéramos las actividades de protesta. Pidieron nuestra documentación y dos semanas de plazo para revisarla. Aceptamos advirtiéndoles que, de no recibir una solución justa a nuestro reclamo, asumiríamos medidas drásticas, incluso un plantón en el Zócalo.

            Me acerco a Olivia para platicar. Parece buscar a alguien. No se percata de mi presencia; pongo la mano en su hombro, se vuelve, me mira con su mirada encantadora. Antes que pueda decirle nada, llama a otro comisionado y nos da una manta.

            –Manténgala extendida frente al Instituto –dice.

            Esperamos el regreso de la comisión. Los aproximadamente ciento cincuenta manifestantes que hemos llegado, mantenemos la calle cerrada al tránsito vehicular. Los representantes del despacho y los comisionados cuidamos el orden. Hace calor. En el cielo no hay nubes que pudieran cubrir al sol. Nos asamos poco a poco. Tal vez el clima impide mayor efusividad en la manifestación.

            A más de una hora de espera, la comisión negociadora sale del edificio. La gente se aprieta alrededor de ellos en busca de información. Pero no traen buenas noticias, en los rostros hay desencanto. Habla Miguel:

            –Ehm... Pues... –como siempre que va a decir algo importante, carraspea y se apoya en varias muletillas para subrayar su discurso–: Las autoridades del Instituto aseguran haber revisado nuestros expedientes y la documentación entregada. En la mayoría de los casos, afirman, encontraron anomalías que los hacen suponer que son documentos falsos. En muchos casos también, aseguran, la documentación no está completa. De esa revisión, concluyen, sólo veinte personas cumplen con todos los requisitos que nos impusieron, y sólo a estas veinte personas aceptan pagarles –hace una pausa. Mira en derredor, para confirmar que todos creemos absurda la propuesta del Instituto–. Rechazamos tal propuesta porque somos un grupo de quinientas personas, no de veinte.

            Un murmullo desencantado aprueba sus palabras.

            –No se han roto las pláticas –continúa Miguel–. Acordamos una reunión el próximo lunes para revisar, bilateralmente, la documentación. Demostraremos, punto por punto, que cumplimos con todos los requisitos. Pero hoy venimos en busca de la solución a nuestro reclamo. Como ésta no se dio, continuaremos con las acciones acordadas. Si el IFE no quiere, o es incapaz de solucionar, buscaremos la intervención de la más alta instancia del país. Instalaremos un plantón en el Zócalo, todos los días de nueve de la mañana a siete de la tarde, y de allí nos retiraremos hasta que nos paguen...

            No hay mucho entusiasmo. Esperábamos que todo concluyera hoy, pero estamos conscientes que la lucha continúa: Nos preparamos para iniciar una marcha desde Shakespeare hasta el Zócalo.        

            Organizo a mi pequeño grupo de representados. Les explico el mecanismo del plantón: Cada uno deberá asistir tres veces a la semana, dos horas en cada ocasión, para mantener un plantón con cincuenta personas de manera constante a lo largo del día. Además...

            Alguien  me  cubre  los  ojos.  Debo  adivinar quién es.

            –¡Ay dolor, ya me volviste a dar! –burlón, exclama Jorge.

            ¿Quién? ¿Del despacho, Olivia? Absurdo, así no se comporta una activista sindical. ¿De los comisionados, Gloria? Es su estilo, tal vez si apenas hubiera llegado, pero hace mucho nos saludamos. ¿De mis representados, Guadalupe? No quiero equivocarme. Recuerdo un antiquísimo anuncio de televisión: “No huela a hombre”.

            –¿Eres tú, Carlos? –imitó aquel anuncio.

            Guadalupe, mohína, me suelta farfullando no sé qué.

            –¡Ahora hasta maricón resultaste! –se carcajea Ana.

            Con la llegada de ellas dos, el grupo que represento lo formamos nueve personas.

            –Por poco no nos alcanzan –me acerco a Guadalupe–, estamos a punto de iniciar la marcha.

            –Yo nunca falto –dice con una sonrisa pícara en los labios.

            –¿Y Víctor? –pregunto por su novio para explorar el terreno.

            –¿A quién le hace falta? –responde sin mostrar interés.

            Inicia la marcha. Encabeza una manta que dice: “Sr. Presidente: Exigimos solución ¡Ya! Ex trabajadores del IFE”. Un poco atrás, una manta informa: “Como no hubo solución nos vamos al plantón”. Al final, otra manta le exige solución al IFE corrupto. Dejamos que los compañeros se integren a la fila. Guadalupe y yo nos olvidamos de ellos. A lo largo del trayecto, repartimos volantes, boteamos juntos y, cuando ya no tenemos más volantes para repartir, le damos el bote a otro comisionado. No importa de qué, simplemente platicamos, con tal de estar juntos.

            La ruta es la misma que seguimos en marchas anteriores: Entramos a Reforma ocupando dos carriles, la recorremos hasta Juárez; nos detenemos en los periódicos Excélsior y El Universal para exponer nuestras demandas; nos desviamos en Balderas para visitar La Jornada; regresamos a Juárez que luego se convierte en Madero y, por fin, a casi dos horas de marcha, llegamos al Zócalo. Avanzamos y seguimos avanzando, recorremos la Plaza de la Constitución, llegamos frente a Palacio Nacional; los guardias de la puerta principal se notan preocupados. Subimos a la banqueta, los guardias retroceden; no nos detenemos, los guardias entran a Palacio, cierran. Tal vez creyeron que intentaríamos entrar.

            Nos acomodamos en la banqueta, en torno a la puerta. La caminata fue larga. Estamos cansados, acalorados, Miguel inicia un discurso; los compañeros escuchan sin prestarle atención; muchos compran paletas o descansan sentados en el suelo.

–Te invito un refresco –dice Guadalupe. Me toma de la mano y no sé qué me pasa, una inquietud indefinida, un desasosiego agitado.

            Caminamos en dirección al Templo Mayor. Todo este tiempo hablé con Guadalupe del reclamo al Instituto, de libros, de películas, de sus actividades y las mías. Ahora quiero decirle algo más, hacer algo más, pero no sé cómo, es tan difícil... Estamos en Seminario, ante un puesto de refrescos, jugos y aguas. Pedimos dos refrescos. Los sirven en vasos desechables. ¿Cómo hago para besarla, qué le digo? Hay que buscar las palabras, desprenderse de la timidez. No se negará, estoy seguro. Me mira con ternura, sus ojos piden a gritos que me acerque. Acaricio su mano. Sonríe. No hay palabras. Sus ojos fijos en mis ojos. Busco su rostro; apenas rozo sus labios porque no permite más, entonces beso su mejilla y desde allí intento regresar a la boca, pero se separa. La miro intrigado, ansioso.

            –¿Se les ofrece alguna otra cosa? –pregunta el dependiente del puesto.

            Guadalupe recibe su vaso; pago y tomo el mío. La miro fijamente. ¿Qué digo? ¿Cómo hago para declarármele? Sonríe entre tímida y sensual. Da un sorbo a su refresco.

            –Yo iba a pagar –dice apacible, bonachona–, yo invité.

–Guadalupe, yo...

            No sé cómo decirle que necesito besar, acariciar, estrechar, no importa a quién, y como la tengo tan cerca es la elegida. Súbitamente se aproxima y cubre mi boca con un beso amistoso y fugaz. Intento continuar la caricia con más ardor, pero de nueva cuenta se aleja. Dudo: ¿Qué hago?

            –Vamos a ver qué han decidido. No está bien que mi comisionado ande tan lejos del plantón.

            Sujeta mi mano y regresamos. No salgo de mi asombro. Yo haciéndole al maje, sin saber cómo actuar; ella se adelanta, toma la iniciativa, juega, me rechaza cuando quiere y yo nada de nada. Pero no voy a quedar así, ahorita mismo me le declaro...

            Estamos a unos pasos del plantón. Me detengo, la interrumpo.

            –Guadalupe, necesito decirte... –cuido la intención de cada palabra, seguro que ella sabe lo que pretendo.

            –Mira –señala al plantón queriendo salir por la tangente–: Van a informar algo.

            El grupo se arremolina en torno a Miguel. No importa, no estoy dispuesto a interrumpir lo que voy a decirle. La detengo justo cuando iba a escapar.

            –¡Que bueno que te encuentro! –exultante, dice Gastón; no me di cuenta de cuándo llegó hasta nosotros–: Van a recibir una comisión.

            Quisiera mentarle la madre a Gastón, a Miguel, a los comisionados, al Presidente... Me contengo. Guadalupe murmura una excusa y se va. Me resigno a seguir a la comisión, mis infortunios poco valen cuando puede producirse la solución a nuestro reclamo.

            El cielo se ha nublado. La bandera ondea en medio de la plaza. El plantón continúa inamovible frente a la puerta de Palacio.

            –Tenemos disponible el auditorio –le dice un desconocido a Miguel–. Puede pasar toda su gente.

            –Agradezco su buena intención –responde Miguel, con los dientes apretados, casi sin mover los labios–, pero el plantón no se mueve de aquí hasta las siete de la tarde.

            –Como guste –parece contrariado e intenta no demostrarlo–. Lo sugerí porque su gente estaría más cómoda adentro.

            Olivia y Manuel se quedan para cuidar el orden en el plantón mientras el asesor jurídico y los comisionados vamos a la nueva reunión con las autoridades. Camino con el grupo. Podría entablar plática con Gastón o con Joaquín o con Yolanda o con... Con Gloria. La alcanzo, sujeto su brazo; ella sonríe con su eterna sonrisa, me estrecha por la cintura; caminamos muy unidos.

            –Ojalá ya solucionen todo esto –dice–. Pero no sé qué tenga que ver el Departamento del Distrito Federal en nuestro asunto.

            Apenas advierto que vamos al DDF. No entiendo por qué. Buscamos solución a través del Presidente de la República, no del Regente de la Ciudad. Pero no importa, me basta con acariciar el brazo de Gloria hasta que ella dice que le hago cosquillas, que deje de jugar. Obedezco.

            Gloria se comporta extrovertida, incluso sensual, pero esa es su forma natural de ser. Mira tiernamente sin malicia alguna, es cariñosa con todo candor, es coqueta plena de inocencia. Puedo abrazarla, juguetear con leves caricias, pero hoy no es suficiente. Quisiera besarla, ceñirla, enternecerla.

            –Pasen. Tomen asiento  –dice no sé quién.

            Llegamos a una sala de juntas. Una mesa enorme, infinidad de sillas. Nos sentamos. Un empleado acomoda y enciende los ventiladores. Se va. Quedamos solos los comisionados y Miguel.

         –¿Por qué se interesa el Departamento del Distrito Federal en nosotros? –pregunta Joaquín– ¿Crees que de veras quieran ayudar?

–Si se ofrecen –indiferente, Miguel se encoge de hombros–, escuchémoslos. Sólo cuidemos que no nos utilicen.

            Oigo sin escuchar. Mis labios están secos y la boca llena de saliva. Un cosquilleo recorre mi cuerpo. Sólo me tranquiliza el contacto de mis dedos que acarician suave, despacio, apaciblemente, la palma y el antebrazo derecho de Gloria. Estoy atento a cualquier acción de ella. Y ella mira y escucha a Miguel, tal vez ni se percata de mi presencia.

            –Disculpen  que  los  hayamos  hecho  esperar –dice uno de los tres tipos que acaban de entrar y toman asiento ante nosotros.

            Gloria retira su mano, se olvida de mí; no sé qué hacer. No habiendo nada mejor, intento escuchar qué se dice en la reunión.

            Las autoridades del Departamento del Distrito Federal están al tanto de nuestras demandas. Aunque buscamos otras instancias, el plantón se instaló en el Zócalo, el cual forma parte del territorio del Distrito Federal; lo que allí suceda es de la incumbencia del DDF, por tal motivo les interesa una pronta solución de nuestro problema. Para lograrlo, ofrecen su mediación.

            Mis manos se mueven de uno a otro lado; entrelazo los dedos, los separo; bajo las manos, tamborileo los dedos sobre mis piernas. Muevo los pies y de pronto el izquierdo choca con algo. Gloria vuelve el rostro hacia mí, con aire de enfado. Le sonrío; vuelvo a rozar su pie. Parece resignada a tolerarme, también sonríe y, olvidándose de mí, pone atención a quienes hablan. Con cuidado, acerco mi silla lo más posible; Gloria se mantiene inalterable. Con el pie continúo llamando su atención, acerco la pierna para rozar la suya; me mira intrigada; le sonrío, ella fuerza una sonrisa indignada. Insisto en rozar las piernas. Baja la mano derecha, sujeta mi rodilla, la empuja para alejarme. Busco sus ojos, la miro suplicante; sonríe, me suelta. Llevo mi mano a su rodilla, la acaricio; se borra su sonrisa. Intento pasar de la rodilla al muslo, pero hace un brusco movimiento, mueve su silla y con un molesto “¡ya!”, me regaña en voz baja. Miguel y varios comisionados nos miran, creo que todos se dieron cuenta. Gloria, muy seria, muy digna, se acoda en la mesa y escucha con atención; siento como si el mundo se me viniera encima, como si yo fuera del tamaño de un insecto y me aplastara un periodicazo. Con el bochorno en el rostro, intento seguir la reunión.

            Miguel explica en qué consisten nuestras demandas. Yolanda critica la actitud del IFE que se niega a reconocer nuestros derechos. Gastón pregunta cualquier tontería. Joaquín comenta las acciones a realizar en los próximos días y pide la cooperación del DDF para que el plantón pueda llevarse a cabo sin contratiempos. Yolanda, repetitiva, quiere saber por qué se interesan en nuestro caso. Los representantes del DDF reiteran su ofrecimiento de ayuda y mediación para una pronta y justa solución. Concluye la reunión.

            Mientras salimos, me acerco a Gloria. La sujeto de los hombros. Me mira molesta.

            –¡Ya no te quiero! –dice haciendo que la suelte–. Casi logras que muera de pena frente a todos.

            –Discúlpame, yo... –suplicó.

            –No quiero que vuelvas a hablarme –se muestra dura, inflexible, pero su actitud cambia, su rostro se dulcifica en un instante–. No quiero que vuelvas a hablarme por hoy.

            Rápidamente se aleja. Intento seguirla.

            –¿Qué te parece? –pregunta Gastón– ¿Crees que de veras nos puedan ayudar?

            ¿Cómo, quiénes? ¿Me deshago de él para ir tras de Gloria o intento explicarle algo a lo que no presté la menor atención?

            –Son otras instancias las que deben ofrecer una solución –le digo sin detenerme.

            Llegamos a la calle. Jorge y Verónica se acercan. Quieren saber de qué trató la reunión con el DDF. En mi grupo falta gente. Pregunto dónde está Guadalupe. Nadie sabe. Ofrezco algunos adelantos y digo que la información completa la dará Miguel. Invento cualquier pretexto y los dejo para buscar a Guadalupe. No la veo. Gloria está ocupada con su grupo, no me queda nadie con quien hablar. Sólo puedo tristear un rato.

            Faltan veinte minutos para las siete. Ya mero nos vamos. El aire refresca un poco. Al centro de la plaza ondea la bandera.

            –Es increíble que hayan dejado la bandera en el asta...

            Es verdad, siempre salen los guardias con bombo y platillo poco antes de las seis, para guardarla.

            –...Tuvieron miedo de que nos metiéramos a Palacio...

            Ahora entiendo el interés por llevarnos al auditorio del DDF, no sólo a  los comisionados sino a todo el plantón. Querían alejarnos de la puerta de Palacio Nacional.

            –¿Me estás oyendo?

            –¿Cómo? –pregunto.

            –Te ha invadido una triste melancolía, ¿verdad?

            –No, no es nada –le digo intentando una sonrisa.

            –¿Quieres platicar? –pregunta Olivia con su mirada escrutadora puesta sobre mí. Espera la respuesta que no llega–. Es una buena forma para alejar los problemas, hablarlos o escribirlos. Lo importante es exteriorizarlos, verlos como si fueran de otro.

            Hablar o escribir, contar mis infortunios. Triste melancolía: Sí, es válido el diagnóstico.

            –Hay  días  en  los  que  uno  necesita enamorarse –nostálgico, empiezo a decir–. Sales a la calle y quisieras besar y quisieras morder... Te crees enamorado porque sientes una desesperada necesidad de cariño. Y si Yolanda se cruza en tu camino, te enamoras a pesar de su carácter, o debido a su carácter. Y si es Guadalupe, te enamoras a pesar de que todo sea un juego, o quizás por eso. O te enamoras de Gloria a pesar de su inconsciencia, o justo por su inconsciencia. O te enamoras de Olivia a pesar de los pesares, o justo por los pesares... Las manifestaciones del amor son inescrutables.

            Olivia no dice nada.

            –Ese día hay que tener muchísimo cuidado cuando salgas a la calle –continúo–. Nunca se sabe qué puedas encontrar: Un ángel, un demonio, un fantasma...

Son más de las siete. Miguel terminó su discurso. El plantón se cierra por hoy. Se abrirá otra vez a las nueve de la mañana, todos los días hasta lograr que nos paguen. Los compañeros se van.

            –Hay que guardar las mantas –dice Olivia.

            Sus ojos ofrecen una mirada brillante, encantadora, que invita al cielo. Mi rostro arde en inesperado sonrojo.

            –¿Vienes con nosotros? –me invita Guadalupe.

 

 

Naturalmente, para Claudia.

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Pretextos de José Galván Rivas
(C) 1999, José Galván Rivas
Nicolás Romero, Estado de México